Sueño que camino por tus entrañas. Que descubro las sorpresas de los rincones que ya creía memorizados. Que me asomo otra vez por los resquicios de tus diferentes mundos. Hoy he vuelto a soñar que caminaba escuchando tus ruidos, esos tan tuyos, que ya no encuentro. Ruidos hoy hechos gritos de aquellos que se han quedado a luchar por tu futuro.
Y es entonces cuando tengo ganas de echar la culpa a los demás y maldecir que ahora esté lejos de ti. Pero sería engañarme. En realidad me maldigo a mi, que he huido con un 'hasta luego' aunque el luego cada vez es más lejano, cuando ahora parece que ya sólo pasearé por tus calles de visita.
El miedo a no encontrar un futuro entre tus fronteras, el querer ser aquello que siempre había querido, el pensar que ya no podría no pesan nada al lado de la culpa de haberte abandonado y, sobre todo, haber abandonado a los que quería. Menuda imbécil. Buscar un futuro y no valorar el presente, lo que se tiene, es un gran fallo. Ahora, para sentirme viva sueño que camino por tus calles. Para sentirme libre, duermo esperando volver a tus rincones, pasear cuando necesite -menuda quimera ahora- volviendo a repasar las hojas de tus libros, tu cultura, tu lucha, tus paseos, tus árboles, tus edificios. Ahora, para quitarme la careta, para volver a reconocerme, espero que Morfeo me lleve otra vez a Madrid.
Egipto: Mucho más que faraones
Silvia Rubio's Slidely by Slidely - Slideshow maker
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lunes, 24 de marzo de 2014
miércoles, 23 de octubre de 2013
Amor: el tabú
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| 'Desayuno con diamantes' |
Pero si alguien lee estas líneas y quiere que me detenga en estos puntos tendrá que esperar a siguientes posts. Porque una de las cosas que más me está costando digerir es algo tan etéreo y tan poco comentado como la forma de vivir el amor.
Me explico. Me encuentro en esa fase a la que psicólogos como el estadounidense Robert Sternberg -esta gente siempre es muy dada a poner nombre a todo-, llama 'amor romántico', es decir, ese momento edulcorante, bobo, cegador y rápidamente pasajero que vive toda pareja al principio de la relación.
Es también esa etapa que todos intentamos alargar sin éxito y a la que pronto la sustituyen vacíos comunicativos sazonados con preguntas al estilo: '¿Qué hay en la tele?', '¿qué hay para comer?' o 'necesito comprar ropa, a ver si salimos a dar una vuelta' (añadan ustedes las que quieran); la pronta necesidad de estar con los amigos para no aburrirte como una ostra y la cada vez más agobiante sensación de que cada vez se hacen menos cosas juntos (o por lo menos se piensa con nostalgia que 'ya no es como antes').
Antes de llegar a estos momentos de cariño e intimidad sin pasión, en la fase de ese 'amor romántico' uno se encuentra con un beso inesperado en un lugar inesperado, con la suave caricia en una rodilla, en la mano, en el cuello, leve pero que indica que estás ahí, que estás por la otra persona. Pequeños gestos que a una, con mucho cine a sus espaldas y con un toque ñoño que reluce alguna vez -cada vez menos, eso sí- hacen que le den vida a la relación. Esto, claro, si no vives en Egipto.
Cuando ves a las jóvenes parejas egipcias o vives una relación aquí, esos momentos que dan vidilla a esa fase tonta tienen que ser de puertas para dentro. Y a veces esto le quita la gracia, la sorpresa y el ánimo. Muchos me dicen a esto que todo amor es privado, cierto, no hablo de practicar sexo en plena calle, pero que lleves meses sin ver a tu pareja y que cuando está delante de ti te dé un formal apretón de manos o un volátil beso mejillero hace que se caiga el alma a los pies a los que estamos en fase boba.
Y a todo ello me viene recurrente la frase de John Lennon: "Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día".
Mientras que es mejor que la mujer no vaya enseñando hombros -uys, qué malo- o que un simple contacto puede convertirte a vista de los demás en una vulgar prostituta mientras tu pareja cae en la vergüenza extrema que da tal 'aberrante' gesto del beso en la calle; nadie se plantea que sean más duras las leyes escritas y morales sobre dejar de matarse en nombre de un líder, una secta o un Dios; que muchos se casen jóvenes con mujeres a las que no han conseguido ver la cara por completo mientras su edad les pide sexo y su corazón anhela, con suerte, una vida feliz con la completa desconocida o que sea imposible celebrar una velada romántica en un bonito hotel si no llevas el papel de casado pegado a la frente.
Pasemos a la parte más seria
Egipto no es el único país con este tipo de tabúes. La semana pasada muchos medios informaban sobre un hecho 'espeluznante'. Dos menores -chico y chica, porque si encima hay una muestra de afecto entre homosexuales pobre de ti- se besaban a la puerta de su instituto. Tal insulto a la moral de muchos que parece no se comen una rosca llevó a denunciar a los jóvenes.
La represión sexual me enturbia en entendimiento. Ver el amor y el sexo, necesidades de todo ser vivo, como algo tan limitado a mi entender no lo hace más o menos respetable, algo que va en las personas, sino que hace que las necesidades se consuman de otras formas. Y algunas son extremas. Éstas llevan el nombre del sufrimiento pasado por Yasmine el Baramawy (ver vídeo), Lara Logan o Mona Elthawy. Incluso se puede ver en películas egipcias como 'El Cairo 678' o 'Mujeres de El Cairo'. La violencia contra la mujer, los abusos hacia ellas tendría que ser el gran tema a debate y no si te das un beso en plena calle.
Es curioso que muchos de los países más puritanos sean donde más se comenten estos actos. En Egipto, según los datos del Centro Egipcio para los Derechos de las Mujeres, "en 2008, el 83% de las mujeres confesaba haber sufrido algún tipo de abuso sexual y el 62% de los hombres admitía haber cometido alguno". Y gentuza como el clérigo Abú Islam, diciendo a los medios que "las mujeres que van a las protestar en Tahrir son prostitutas que buscan ser violadas”, tendrían que ser los actos reprobables y condenados, no sólo por ley, sino también por moral.
sábado, 28 de septiembre de 2013
Movilidad exterior
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| Fotograma de Paul Newman en 'El Golpe'. |
Todo ello me ha llevado a ser realista y ver que no estoy
cualificada para llevar a cabo la clase de trabajo que, con ahínco, el gobierno
de mi país se empeña en que sea el futuro de España: el macrocasino del señor
Sheldon Adelson, por el que Rajoy y compañía son capaces de vender el alma, las
leyes y la salud de sus ciudadanos.
Pero obstinada que es una y temiendo que el teléfono del
periódico en el que he trabajado los últimos cinco años ya no suene
solicitándome otra vez, yo también haré una apuesta alta: la de la ilusión de
ser lo que siempre he querido, corresponsal de prensa. Trabajo que nunca he
podido realizar mientras vagabundeaba por distintas redacciones en los últimos ocho
años.
Para ello mi billete me llevará a Egipto, tierra que ha
visto mejores momentos laborales y más estabilidad, pero que siempre ha estado
y está en constante cambio, en constante lucha por quitarse la tiranía de unos
y otros desde hace milenios, ya sean faraónicas, coloniales, reales, militares
o islámicas, dependiendo del momento.
“Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y
otra vez lo imposible”, que decía Hermann Hesse. Si ese imposible no llega, por
lo menos volveré con la maleta llena de experiencias, amigos, una mejora en la
lengua árabe tras años estudiando y nula soltura, este blog lleno de historias y
la conciencia tranquila de los que pueden decir ‘yo lo intenté’. Además, si
vuelvo sin conseguirlo siempre puedo enrollar mi licenciatura, mis diplomas de
idiomas, mi máster y mi orgullo y dedicarme a aparcacoches de Adelson… algo es
algo.
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